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Al principio, Dios te formó conforme a Su propia imagen, creado para reflejar Su corazón y hacer resplandecer Su luz. Pero en algún punto del camino, el espejo se resquebrajó. Aquello que una vez brilló en gloria se volvió opaco bajo el peso de un mundo quebrantado. Y, sin embargo, el amor del Creador nunca se ha desvanecido. Aún hoy, Su voz llama con suavidad en medio del ruido del tiempo: Vuélvete a mí, porque yo te redimí (Isaías 44:22).Por medio de Cristo, el cual es la imagen del Dios invisible (Colosenses 1:15), la imagen quebrada comienza a recobrar su forma. Al contemplar Su rostro, reconoces en Él tanto la perfección del Padre como la promesa de aquello que está siendo renovado en ti. Eres un reflejo de Su corazón. La imagen de Dios en ti no se ha perdido, está siendo hecha nueva y hermosa.Esta es tu historia, la historia de redención y restauración, del obrar silencioso y paciente del Espíritu en tu interior, que da forma a lo que un día estuvo roto. El reino de Dios no comienza en un lugar lejano, sino aquí, en tu corazón, donde la luz disipa las sombras y el amor empieza a sanar aquello que el pecado había separado. Y un día, cuando todo sea hecho nuevo y le veremos como él es (1 Juan 3:2), cada fragmento de nuestro ser será pleno. El espejo volverá a resplandecer, irradiando Su gloria, Su belleza y Su amor infinito, que brillará a través de ti.
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